Thursday, July 17, 2008

Malas palabras, che...

Después de pasar unas horas escuchando a Enrique Pinti y sus monólogos magistrales, llegué a una conclusión que encuentro importante: no existe mejor vocabulario para hablar palabrotas que el argentino. El tono de voz, el acento “cantado”, ruidoso y en ocasiones dramático del argentino permiten el uso de palabras soeces mejor que ningún otro acento del español. Sin desestimar el valor del lenguaje corporal – que en Argentina, como en Italia, es parte fundamental de la simbología del lenguaje-, el idioma de los argentinos utiliza las malas palabras como una parte fundamental y necesaria para hacer llegar el mensaje.
Las palabras son , en mi humilde opinión, símbolos altamente representativos del grupo cultural en el cual se utilizan. El conjunto de morfológico como tal, el significado en sí mismo no basta para entender el verdadero valor de una palabra, el significado que se pasa a través de la enculturación; lo que realmente quiere decir cuando se utiliza.
En tal sentido los argentinos tienen una verdadera escuela de tradición con respecto a las palabras bajas, o malas, en fin, a las puteadas. Constituyen una parte fundamental del vocabulario de niños y grandes, de individuos educados en la academia o hechos a fuerza de trabajo duro, de letras de tangos y discursos partidistas. En Argentina se juzga el uso de la palabra, no el significado enciclopédico que conlleva, y eso es lo que lo hace tan maravilloso. Porque cualquier individuo de habla castellana / española puede decir “hijo de puta”; es en el grado de hijo-de-putez donde radica el fenómeno argentino que da a las palabras valores totalmente distintos dependiendo la situación. En Argentina un hijo de puta puede ser el mejor, el más capaz, el vivo, el canchero, o el peor, la escoria más repugnante, al que habría que romperle la cara.
Pero este milagro del idioma que permite utilizar las “palabrotas” en maneras tan diversas no se acaba en ellas. El argentino puede –exitosamente- utilizar palabras sin ningún tipo de denotación peyorativa para crear oraciones altamente ofensivas, indiscutiblemente perturbadoras y llenas de encono. Depende del tono, del momento, del nivel que se quiera alcanzar en la disputa, y como todo argentino sabe, la disputa no tiene límite.
Hago un paréntesis para recordar una anécdota de Camilo José Cela que se relaciona directamente con este escrito y el valor siempre tan fluctuante de las palabras. Cuentan que Cela estaba participando en una mesa redonda de académicos de la lengua y se aburría. En algún momento apoyó su cabeza sobre sus brazos, como si dormitara. La persona que en ese momento disertaba se molestó –con razón, diría yo- y en el micrófono comenzó el siguiente intercambio: “¿Está usted durmiendo, señor Cela?” “No, no estoy durmiendo, estoy dormido”. “Pues es lo mismo”. “Perdone, pero no lo es. O ¿acaso es lo mismo estar jodido que estar jodiendo?”
Oh, el lenguaje….!!!!!!!
Regresando al tema del lenguaje soez de los argentinos, no existe un comentarista de la vida nacional como Pinti para demostrar sin mayores ejemplos cómo se utilizan las malas palabras, qué cantidad de sentimientos pueden cargar en sus letras y por qué es necesario utilizarlas. El “hijo de puta” de su monólogo sobre los militares argentinos de la última dictadura nada tiene que ver con el “hijo de puta” del argentino turista que cree comerse a puños a Europa. El tono, la forma, y el marco cultural definen el grado de hijo-de-putez y no existen las confusiones.
En México en cambio, putear es negocio serio. Existen por supuesto las palabras comunes que todos decimos y a nadie ofenden. Pero lanzar al aire un “hijo de la chingada” cuando alrededor hay personas que no son del grupo que espera recibirlo puede causar problemas. Las palabrotas son mucho más serias y exigen un entorno más privado, la complicidad del oyente. En Argentina la mierda, el culo, el hijo de puta y la concha de la lora flotan en el aire como pompas de jabón esperando ser rescatadas. Y las rescatan los chicos en la escuela, las madres en la verdulería, los padres cuando arreglan el coche y las abuelas cuando juegan bingo. Nadie se esconde del bienestar que da decir en voz alta una mala palabra sabiendo que, si acaso ofende, es sin querer pero con ganas.
La capacidad argentina de dar significados alternativos a las palabras que comúnmente en cualquier país de habla hispana serían simple y llanamente groseras, ha contribuido a la imagen altanera y soberbia, pedante y egocéntrica que se conoce del argentino en el exterior. No, no estoy diciendo que es la causa mayor; es uno de los factores que ha creado dicha imagen. La mayor parte de esta figura, conocida ya de pleno en Latinoamérica y en gran parte de Europa ha sido creada, ganada a pulso por individuos que se jugaron a ser Gardel solamente por haber nacido en su tierra. Y ni en eso le acertaron.
Sin embargo es necesario reconocer el carácter altamente idiosincrásico del humor argentino, y por ende, del uso de sus malas palabras. El argentino no cree que todos son como él; el argentino espera que todos entiendan quién es. Allí radica el problema, el quilombo, el despelote, las ganas de joder y, como siempre, la broma subida de tono. El individuo nacido en Argentina trae consigo una serie de derechos y obligaciones concedidas por virtud del lugar de nacimiento, como sucede en tantos otros lugares del mundo. Uno de dichos derechos es el entendimiento tácito del uso de un vocabulario y una serie de reglas de sociabilización innatas, entendidas como universales. Aunque la universalidad esté contenida entre un río fangoso, océanos eternos y unas montañas absurdamente altas. Es en ese momento, cuando el argentino se define como habitante del mundo, cuando comienzan los problemas.
Porque el mundo no es la historia argentina. No es solamente San Martín cruzando los Andes; es San Martín cruzando los Andes y mandando después a Artigas, como regalo de Estado cuatro esclavos negros; no es solamente Sarmiento creando escuelas para la patria; es Sarmiento pasándose por el culo al Congreso nacional y cacheteando a sus asesores en frente de dignatarios extranjeros; no es solamente el equipo nacional de fútbol ganando la copa del mundo, es un partido que se jugaba al mismo tiempo que cientos de argentinos eran torturados en campos de concentración clandestinos.
Entiendo que la discriminación histórica no es un recurso utilizado exclusivamente en el sur más sur del continente americano. Sin embargo sirve, en parte, para tratar de explicar lo curioso del uso de un vocabulario considerado en distintas situaciones, negativo, soez e inclusive vulgar.
Existe en el argentino una condición que no encuentro cómo llamar; una seguridad en sí mismo tan visceralmente entendida que es imposible discutirla. El argentino es economista cuando discute la crisis del campo; director técnico cuando su equipo no da lo que puede; moralmente incorrupto cuando se trata de juzgar los ires y venires personales de otro; más Argentino que la bandera el 25 de mayo y nunca vencido durante la guerra de las Malvinas.
Conozco el tema por que nací y viví allí; no toda mi vida, algunos años solamente,en distintas etapas y posiblemente muy influyentes; mi niñez, mi primer enamoramiento, mi hijo ante todo. Crecí con la nostalgia del pasado de mis padres, con las ganas de volver - no a la vida política y activa de mis padres, sino a los pinos altísimos de la casa de mi nona-. Estudié historia argentina de la casa de los exiliados despues de ir a la escuela. Viví en el "guetto" del exilio argentino en Mexico; amigos, fiestas, comidas compartidas para que parecieran mejores, el llanto callado de los "grandes" que nos hacía sentir tristes pero que no lográbamos entender a los once años. Salí, regresé, salí de nuevo. Decidí que no le falto el respeto a nadie cuando me defino como argemex; cuando respondo a la pregunta "De dónde eres?" con un "Argentina, pero no ejerzo". Cuando me emociona más el olor de un mercado en la sierra nayarita que el himno escrito por López y Planes.
Pero cuando se trata de putear me sale - y agradezco- la naturaleza esa, arbitraria y casi diría genética del ser argentina. Esa seguridad innata de declarar en voz alta y sin remilgos que alguien es un hijo de puta, o un hijo de puta, o acaso, un hijo de puta. De mandar a alguien - como me enseñó mi prima- a lavarse las tetas, o de juzgar sin razones a quien "si no se come la galleta rasca el paquete".
No me hace sentir orgullosa. Acepto la maldad de mis comentarios y de echo trato de no hacerlos.
Al final del día, cuando estoy cansada, cuando me preparo para ir a dormir y hago un recuento de mis actos del día y recuerdo alguna de esas puteadas que salen del estómago antes que las pueda detener solamente me queda mirarme en el espejo, sonreir y decir en voz alta y para el que quiera escuchar "pechito argentino, che..."......
Buenas noches a todos los que me importan. A los que no .... vayánse a la re mil puta que los parió, carajo!!!!!

Thursday, April 10, 2008

Cuarenta años

Existe un refrán aceptado universalmente que apunta a que todo tiempo pasado fue mejor, sin duda una verdad a la que nos aferramos a partir de su alto contenido nostálgico y la vocación tan humana de querer recordar solamente lo bueno.
Este año se cumple el aniversario número cuarenta de eventos trascendentales que le cambiaron el rostro al mundo, abriendo heridas que aún no cierran y creando esperanzas que se resisten a morir. No se puede hablar de 1968 sin la primavera de Praga, cuando un eslovaco llamado Dubcek accedió al poder en Checoslovaquia llevando bajo el brazo una cantidad de ideas reformistas que sin cortar de manera alguna con los principios filosóficos del modelo comunista, permitió al pueblo checo mayor participación social. Estos cambios que incluyeron libertad religiosa, derecho de huelga y el levantamiento de la censura, pusieron a la sociedad de fiesta y un aire renovado incitaba a un futuro de esperanza.
La primavera de Praga duró apenas ocho meses. En agosto de ese año las fuerzas militares de los países miembros del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia acabando con un sueño que de tan compartido casi llegó a ser real. La sociedad entera salió a las calles y si bien no pudieron parar el avance de los tanques, pusieron en vitrina el absurdo de ideas anquilosadas en un modelo destinado al fracaso.
Francia también encontró en 1968 razones para la disconformidad y vías para su expresión. Dicen los que saben que el movimiento estudiantil y obrero que tomó por sorpresa las calles de Paris a principios de mayo, nació naturalmente como consecuencia del conflicto argelino y el gobierno paternalista de De Gaulle. Lo que comenzó como un movimiento estudiantil se convirtió en cuestión de horas en un fenómeno nacional. Grupos obreros se solidarizaron con las protestas de miles de jóvenes que reaccionaron fortalecidos a la violenta represión gubernamental y el mes de mayo, con sus soles cálidos y sus noches frescas, les perteneció para siempre. El barrio Latino fue el escenario primero de un escándalo de jóvenes exigiendo respeto a la dignidad humana y a sus sueños; el valor de tomar las calles para declarar en voz alta las injusticias de un régimen caduco fue tan importante como el de defender las posibilidades de la esperanza. Así fue como Paris se reinventó a sí misma, con panfletos desvergonzados que proponían al mundo soñar en voz alta: soyez réalistes, demandez l’impossible. Il est interdit d’interdire. Je suis venu. J’ai vu. J’ai cru.
El cambio que forzó el movimiento de mayo en Francia no fue otra revolución; ni se rompieron todos los esquemas ni se cayeron a pedazos las estatuas de los próceres. Sucedió de a poco e introdujo nuevos valores en una sociedad de repente lista y dispuesta, redimiendo las costumbres, la educación y las posibilidades de soñar. Lo imposible un día, fue tan real como la primavera. Chapeau.
Al otro lado del mundo el año 1968 fue tanto o más convulsionado que en Europa. En los Estados Unidos la guerra de Vietnam estaba destinada inevitablemente a un fracaso vergonzoso. Eran los tiempos de los hippies, de los primeros pasos del movimiento feminista, de protestas universitarias en contra de políticas racistas de reclutamiento. En particular, el año 1968 fue solamente un día a principios de abril, cuando Martin Luther King sonrió desde un balcón de hierro y cayó muerto y nos dolió a todos. Sucedió en la ciudad de Memphis a donde había llegado un día antes para hablar en una asamblea de trabajadores sanitarios. En su discurso la noche del tres de abril el doctor King presintió su alejamiento y así lo declaró, sin miedo ni pesares, con la simple fuerza de su convicción y de su fe. Dos meses después era asesinado Robert F. Kennedy, el segundo gran arañazo en la cara de un país que buscaba y continúa buscando una una democracia regida por valores sociales y no de bolsa.
Más al sur, el año 1968 le pertenecía otra vez a los estudiantes. Pero esta vez el idioma fue el español y las muertes demasiadas. Sucedió en México, en la ciudad capital, entre edificios universitarios y ruinas prehispánicas. Todo comenzó como siempre comienza, con una marcha pacífica que se alimentaba de ideas de justicia y la subsecuente represión del estado. La ciudad universitaria fue tomada por las fuerzas del gobierno cambiándole la vida para siempre y sin querer a cientos de jóvenes que nada debían, tomando prisioneros, golpeando cabezas, desapareciendo vidas enteras y enloqueciendo a los que trataron de salvarse escondidos en los baños. El dos de octubre de ese año, estudiantes, padres de familia, obreros y campesinos que apoyaban el movimiento estudiantil se reunieron en Tlatelolco, en la plaza de las tres culturas para protestar contra las políticas opresivas del gobierno. Miles de personas llegaron; niños y abuelas, madres y hermanos, amigos y desconocidos. También llegó el ejército con sus armas de alto poder y sus órdenes a seguir. Detrás de las puertas de una iglesia había un cura que no quiso abrir el santuario.
Días después comenzaron los juegos olímpicos en México. Se limpiaron las manchas de sangre que ahogaban al orgullo precolombino, se quemaron los zapatos sin dueño, se escondieron las listas de prisioneros y bajo el slogan de “olimpiadas de la paz” se fingió una paz de cartón piedra que todavía no convence.
Cuarenta años después el mundo continúa convulsionado. No han terminado las guerras absurdas, la violencia gratuita, las represiones estatales. Solamente queda esperar que el verbo de la esperanza traiga consigo las ganas renovadas de salir a las calles y exigir lo imposible, que nadie muera gratuitamente y que los jóvenes tomen por sorpresa al mundo y lo deshagan construyendo. Eso al menos, es lo que espero de mi hijo.

Saturday, February 16, 2008

Salud, la compañía!!!!!

Aquí estoy nuevamente, batiendo mi propio record cuando se trata de mantener este espacio al día (gracias, muchas gracias....)para traerles noticias de este lugar remoto al que quiero tanto. La familia bien, gracias; Migue en este momento en la casa de la novia, a donde llegó anoche y desde donde me llamó para decirme que están viendo cómo venir a Fort Collins, todo el diálogo, para que sepan, en un español perfecto gramaticalmente y con su típico acento de gringo. Cada vez habla más español y lo habla bien, sin que yo lo obligue debo aclarar....
Hemos tenido una semana ajetreada, junto a Gayna, otra maestra y tres estudiantes (entre ellos mi Migue) pasamos tres días en Denverconociendo la legislatura, hablando con nuestros representantes, en fin, clase de civismo pero muy interesante y divertido. Regresamos a e-week (tres días de actividades electivas, en donde cada maestro o grupo de maestros planea actividades especiales y los alumnos se anotan a la que les interesa y así ganan créditos electivos)y fuimos a ver cómo entrenan a los perros de la policía. Nos hicieron demostraciones, vimos a los perros en acción, más de un alumno salivó al ver la bolsa de yerba que escondían para que los perros encontrasen, en fin, divertido desde todo punto de vista. Al día siguiente acudimos a la corte para ver la primera parte de un juicio por asesinato que ocurrió en septiembre y que se debió a conflicto entre dos gangs hispanas rivales. Muy interesante. Y el hombre encadenado y todo daba miedo.
Hoy es sábado y aunque desperté temprano no he hecho mucho; escribí un rato, planeando mi nueva clase de escritura creativa que comienzo el martes, compré el boleto para que la Anita llegue a fin de mes, y cociné unas croquetas de coliflor deliciosas!!!!!!!
Ya se, mi vida es simple, no pasa mucho, no hago mucho, pero la disfruto al máximo. La mediocridad, pienso, sería no sacar nada de las horas. Y yo les saco hasta el apellido si me dejan.
Hace frío pero hay sol; mis semillas de albahaca acaban de brotar; la casa huele a velas de vainilla que he prendido en todos lados; estoy contenta y la sonrisa me delata.
Besos a todos

Sunday, November 25, 2007



Tanto que contar...

Tanto que contar...

El 8 de noviembre regresé del viaje que hice con mis alumnos a la Sierra del Nayar, un pueblo de 800 habitantes enclavado en la Sierra Madre Oriental de México. La experiencia ha sido extrema, hermosa, dolorosa, única. Me ha cambiado la vida para siempre y los planes de cómo vivir.
En la Sierra llegamos a la misión del padre Pascual Rosales, un fraile franciscano que a dedicado su vida a educar y cuidar a los niños Coras de la región. Actualmente viven con él unos 80 niños. La misión es antigua, cuartos humilde de abode blanqueado con cal, pisos de tierra o piedra y techos de chapa.
Allí conocí e hice amistad con varias personas: Ilaria, Magdaleno, Socorro, Flavia, Poncho y el Padre, además de conocer y jugar con chiquitos coras, huicholes, mexicaneros y tepehuanes. Aprendí apenas a decir algunas palabras en cora, a bailar la danza del viejito, a rezar cantando.
Es difícil explicar lo que sentí estando allá; las emociones se me mezclan incluso en este momento y me hacen trabajoso el contar. Sentí que encontré el lugar al que pertenezco, sentí que allá hago falta, que puedo ser útil, que puedo aprender como nunca he aprendido. No tengo dudas en que voy a regresar; me toca ahora ver el cómo y el cuándo. Lo cierto es que una gran parte de mi corazón sigue en la sierra, caminando en la tierra amarilla de la que crecen enormes los guayabos dulces, donde el aire se detiene en la ventana con su aroma a tortilla recién hecha, a copal quemándose entre sonidos de risas y de gallos cantando a deshoras.

Friday, September 28, 2007

Sobre Borges

Sobre Borges

Cuando se trata de hablar de Jorge Luis Borges, existe una tendencia romántica –valga la ironía- de acercarse más al análisis interpretativo del hombre que de su obra. Su ceguera, el nunca haber ganado el premio Nobel de literatura, la relación amorosa con su madre y su amor casi a destiempo por María Kodama, se filtran y se mezclan y nos dejan en el medio peleando con las imágenes de sus historias y su vida.
Es verdad que las valoraciones de carácter que se han realizado de Borges surgen mucho despues de su consagración como uno de los mejores cuentistas que ha tenido la palabra castellana. Se dan a partir de equívocos, de las tradicionales pretensiones del público que otorga a las celebridades la presencia errónea de ser portadores de un conocimiento infinito sobre todos los temas que atañen al momento histórico, al grupo social y a sus preocupaciones cotidianas. Como celebridad, Borges sufrió como tantos otros el juicio que sucede a la expresión de opiniones personales. Qué error.

Los elementos más comunes dentro de la crítica literaria de su obra se centran en la capacidad emotiva de sus textos, en su intención “europeizante” y en su estilo erudito.
Ya en 1933 , a partir de un homenaje que la revista Megáfono le hiciera a Borges, aparecía la primera muestra de estos elementos en un artículo de Enrique Amberson Imbert. En el mismo, este escritor y crítico argentino establecía sin pudor alguno, que los textos de Borges eran “gramatiquerías, recetas para el arte de escribir, divagancias frías sobre cualquier cosa”. Amberson Imbert continuaba estableciendo que “sus libritos, engendrados sin sangre y sin fuerza en sus entrañas mal alimentadas, van apareciendo año tras año pero muertos.”
Estos juicios continuaran apareciendo periódicamente, quizás no con el encono de Amberson Imbert pero si con los mismos elementos para la crítica. Ramon Doll, Ernesto Sábato, Pedro Orgambide y un enorme número de intelectuales utilizarán una y otra vez los mismos temas para la deconstrucción de sus textos, y sumarán a este análisis los juicios valorativos morales y éticos que parten de las opiniones expresadas por Borges sobre temas que nada tienen que ver con la creación literaria.

Debemos hacer un paréntesis aquí para establecer la importancia o no de dichas opiniones en relación directa con el análisis de la literatura de Borges. Sin duda Borges expresó opiniones que se han cosiderado pobres, faltas de información, terribles incluso en sus posibilidades de aplicación. Mucho se ha escrito al respecto y poco existe que lo defienda salvo el echo de que en su momento, y refiriéndose específicamente al proceso militar argentino de 1976, Borges admitió su error y mantuvo su derecho a cambiar de ideas, derecho que en general ha sido y continúa siendo maltratado, como si no existiera en el mismo el poder más grande del individuo: discernimiento. Pero retornando a lo que hace a la crítica y el análisis de la obra de Borges, ésta ha sido devaluada por los juicios de valor personal.
El compromiso social del artista es electivo, no puede ser factor que defina a la obra. Es en este elemento donde radica el error de tantas hojas escritas analizando la obra de Jorge Luis Borges. En su casi arbitraria necesidad de unir en un todo a la persona y su obra. Es casi impensable la idea de juzgar, por ejemplo, el Guernica de Picasso a partir de su chauvinismo. O la obra de Poe a partir de su violento alcoholismo. O la de Hemingway a partir de su propio chauvinismo y alcoholismo. Cuando la creación artística escapa y se aparta de su creador, es cuando asegura su triunfo a partir de sus valores propios. Cuando la obra requiere del conocimiento del individuo creador para ser juzgada es cuando, inevitablemente y casi como si fuera un acto de la naturaleza, pierde el valor intangible que puede mantenerla por si sola y se convierte en un mero prototipo, un apéndice que hace al individuo, una subjetividad más de alguna personalidad.
La literatura comprometida parte del reconocimiento público de ese compromiso personal del autor para con su mundo y así se desarrolla; como arma discursiva de enorme poder de convocatoria; como argumento para el cambio; como intención de acción. También responde, obviamente, con valores y formas estéticas que le dan el grado de obra literaria. Un panfleto repleto de ideas alentadoras no es necesariamente literatura.
La literatura como si misma responde a los mismos cánones estéticos y de forma; a la misma necesidad de honestidad –entendiendo honestidad como la credibilidad de la historia- para encontrar factores comunes universales al contar situaciones simplemente humanas. La literatura por si misma contiene el más grande de los compromisos sociales: precisamente el de decir, en palabras nuevas, lo que siempre se ha dicho: la historia del ser humano y las visicitudes de vivir.

Jorge Luis Borges no fue el primero - ni el último- escritor que decidió a conciencia dedicarse a la creación literaria evitando cualquier tipo de compromiso social entre su obra y la realidad histórica del momento. Su interés en el uso de la palabra como herramienta discursiva puede muy bien ser considerada como purista, en cuanto a que la palabra misma se compromete única y exclusivamente con su significado y su relación con otras palabras al momento de contar la historia. La cuidadosa estructura del texto, sin embargo, en ningún momento atropella los eventos y las consecuencias del cuento; al contrario, es a partir de dicha solidez que soporta a la historia, desde donde la creatividad –el “asunto” de la historia- se despliega sin tropiezos y nos deja perplejos. La literatura entonces, se convierte en lenguaje puro y el cuento como entidad es una sola experiencia estética. En este sentido, una lectura deconstructivista, un análisis semiológico de su obra pierde sentido, dado que la forma y el elemento estético son uno mismo.

Borges ha sido definido como un genio de la evasión y la retórica. Dicha definición no demerita su creación literaria. Sin embargo, cuando esta definición es utilizada para juzgar al Borges social, al hombre con opiniones políticas, el sentido de dichas palabras cambia. Su aplicación como elementos identificadores de una ideología burguesa, clasista, que no asume compromisos ideológicos o si los asume resultan desacertados, reside exclusivamente dentro de la esfera de valoraciones morales y/ o éticas, que no debiera afectar el análisis del trabajo literario. Posiblemente resulte paradógico el insistir en una clara línea divisoria entre el juicio que se hace de la obra y el que se presenta sobre el hombre, involucrando ideas morales y de carácter cívico, si tomamos en cuenta la importancia que dichas características en la obra de Borges. Los problemas filosóficos que confrontan una y otra vez sus personajes son precisamente una serie interminable de conflictos éticos y morales, de subjetivismos al momento de enfrentar las dicotomías del pensamiento. Es a partir de estos fundamentos desde donde surge el elemento fantástico de su obra, creando escenarios imaginarios pero altamente humanos.

Es imprescindible, pues, insistir en que el análisis de la creación literaria se separe claramente del análisis sobre el hombre cuando la obra, como es el caso de la obra de Borges, es una entidad independiente que surge, es verdad, de un hombre, pero que no necesariamente lo representa. Dicha separación entre el autor y su trabajo es mucho más que un ejercicio lúdico de retórica pulida. Es una buena idea. Al menos, una buena posibilidad.

Tuesday, September 25, 2007

Writing is the only profession where no one considers you ridiculous if you earn no money."
Jules Renard (1864 - 1910)

Saturday, September 22, 2007

Just ideas...

Happy Birthday, On the Road

Fifty years ago Jack Kerouac published what it was to become an icon of American literature and a classic of the world: On the Road.
Perhaps its fame grew larger as it became to be considered the book par excellence of the beatnik movement, associating its name with the collective enterprise of a small but loud group of intellectuals who worked hard in re-defining the American reality of their generation.
As other movements had done before, the beatniks utilized literature in all its forms to reinvent the way you can tell a story; style and style innovations were the weapons of choice, the life of American youth and their search for “kicks”, the primal reason to do so.
Perhaps their predecessors, members of the ever so famous Lost Generation, who established themselves in Paris amid world turmoil, and dare to infringe the indisputable rigors of the literary methodology of the day, were a model to follow. But only when it came to break apart reality into hurting little pieces. The rest was all new.
Members of the beat group did not have a moral or amoral code to follow; they simply lived. Experiencing life as it came was the motto, with all that it entitled. Living fast, moving constantly, and trying everything. Social stances, political views, and spiritual needs were just another ingredient of life, and as such were taken and dealt with. This is not to say that they weren’t looking for something bigger than themselves, on the contrary. The search was so intense that in many occasions took them to places and crossroads they never expected. Because expectation requires planning, and living, when it becomes the only occupation you can possibly dedicate yourself to fulfill, does not leave you time for planning. And so the beatniks went about experiencing. Experiencing with drugs, with relationships, with the spiritual world, with the use of words.
On the Road and many, if not all of Kerouac’s works, is based on autobiographical information. His life and that of his friends is recounted in a story that is perfectly composed in its spontaneity. In fact Kerouac himself called his writing an exercise on spontaneous prose, a close relative of the stream of consciousness established earlier by members of the Lost Generation and the Bloomsbury group in England.
But there was art to it. In On the Road Kerouac has given us some of the most brilliantly descriptive passages of English literature. Kerouac was able to translate into the written word the excesses of feeling fast and without stopping. Gilbert Millstein in his review of On the Road written the same year of its publication, asserts to define such “sensory impressions” as an ongoing search for affirmation “still unfocused, still to be defined, unsystematic.”
It is precisely that candid sensibility toward the world around him that allowed Kerouac to create a most honest, uncompromising, genuine work of art that still inspires.
Gossip says, and it always says a lot, that Truman Capote, after reading Kerouac, commented as he liked to comment (as a decree or a dogma), that Kerouac work “…is not writing, it’s typing.” But we love Capote too, and the two of them were, maybe, a side of a coin in the American society that gave them material to write.
On the Road is the book that made Kerouac a public figure, much to his despair, and the beatnik movement a force within the intellectual circles of the country. For On the Road is an especially regional work; it is America in its crudest form. But it is also a universal tale: the tale of a generation searching for their niche amid the conflicts brought upon by war, and politics, and cultural values that need to be reviewed. It is after all, what every other great book is about: humankind and its struggles.
Kerouac died young, after years of battling alcoholism and the pursuit of spiritual life, two of the hardest battles a man can face.
His fellow beatniks went about their paths; some dying too, some growing on their genius, as Allen Ginsberg did, some retiring to a much more anonymous search.
Kerouac died when I was four years old. I met his book at an early age, prompted by my father to read them. I wish I had met him. Instead I met Allen Ginsberg. And that is not bad at all, the topic, perhaps, for another article.
On the year of the fiftieth anniversary of On the Road, I salute you Jack Kerouac. Cheers.

Friday, September 21, 2007

Para terminar el día

un pseudo poema que escribí no sé cuándo ni por qué. Pasa que lo acabo de encontrar.
Perdón a aquellos que saben de letras, pero la vida es solamente intentos......


Absurdos

Quiero que me lluevas
Despacito
Y me llenes de silencio
Las palabras
Con que quiero que me nombres
Esta tarde.

Quiero que me rías
con los ojos
y me cuentes con los dedos
las verdades
que te oculto en el fondo
de mi sangre.

Quiero que me sientas
Los dolores,
Y las ganas,
Y las rancias soledades,
Y me llores despacito
Y no te apiades

Quiero que te vayas
sin llegar,
y me abraces,
y me olvides
sin nombrarme,
y te pierdas en mi boca sin callarme

Quiero que no sepas de mi historia,
De lo que guardo y de lo que traje.
Quiero que seas
el que todo lo creyó,
Y el que me dejó jugar
Con mi inocencia.

Quiero que te pierdas para siempre.
Que no sepas quién soy yo,
De dónde vine.
Que te dejes en mi cuerpo
Y que te olvides.

Friday, September 07, 2007

Aquí sigo

Aquí sigo, divirtiéndome con mis alumnos que dicen barbaridad y media con su español torcido. Migue continúa contento en la escuela, cumpliendo con sus cosas y de muy buen humor.
Desde que regresé de México no he escrito casi nada, pero estoy con ánimo para continuar intentando escribir algo que valga la pena. Algún día.....
El calor parece estar terminando y el otoño se presiente al mirar las montañas. Estoy impaciente por tener necesidad de usar mi hermoso abrigo morado y mis sombreros de viejita. Algo tiene el otoño que me llena de sonrisas el alma.

Friday, December 16, 2005

Primera vez

Primer blog. Porqué? Aburrimiento quizás, ganas de salir de la rutina. Tiempo para perder.
He pasado años escribiendo historias que no salen de las páginas de mi cuaderno. Historias de hombres y mujeres, de países y soledades. De calor infernal y frío en el alma. Algún día....